La versatilidad se refiere a la capacidad de adaptarse de forma rápida y fácil a diferentes funciones.  Si llevamos este concepto al mundo de la empresa estamos hablando ya de una de las prioridades fundamentales que tienen ante sí las organizaciones para hacer frente a los continuos cambios.

Sabemos que el camino hacia la excelencia pasa por conocer necesariamente que hay que adaptarse a la realidad digital, lo que impone trabajar de forma diferente modificando, para ello, la manera en la que realizamos nuestros procesos internos -a veces incluso hasta el modelo de negocio-, pero también incorporando nuevos perfiles profesionales que ayuden a seducir a un cliente cada vez más complejo, más seguro de lo que quiere y muy dependiente de las nuevas tecnologías.

Es un hecho que la correlación entre tecnología e innovación juega ya un papel importante para la supervivencia y la preparación de una organización para estar bien posicionada en el futuro viene ya determinada por la relación que existe entre el ritmo que se producen los cambios y cómo de capaces son las empresas de afrontar estos. Los expertos, además, lo tienen claro al reiterar frases como estas : “Las organizaciones que sobrevivirán son aquellas cuya tasa de cambio es mayor que la tasa de cambio del entorno” y aquellas que no lo consigan están condenadas a desparecer…

Hoy se requiere de decisiones y respuestas inmediatas y ser lo suficientemente flexible/versátil para adaptarse en un contexto volátil e incierto en el que se hace necesario tener una visión a largo plazo.

Pero la versatilidad sin rapidez no tiene sentido y la agilidad es también en la actualidad otro de los grandes retos a los que ha de enfrentarse las organizaciones y hasta nos atrevemos a decir que muy probablemente constituyan ya uno los primeros obstáculos que hay que salvar para hacer frente a los cambios que impone necesariamente la digitalización. Hablamos de ese término que engloba todas aquellas habilidades necesarias que llevan a las empresas a ser más competitivos.

En este sentido, que una organización no sea lo suficientemente ágil, donde la inmediatez ya es un valor que cotiza al alza, determinará en gran medida su éxito o el fracaso. Hoy se pide además, ser valientes y no tener miedo al cambio y sobre todo, erradicar ese mal tan endémico en muchas de las empresas aún: el inmovilismo. O lo que es lo mismo: hacer las cosas igual que siempre, como respuesta habitual al cambio.

El miedo, por tanto, es ya un pésimo compañero de viaje para aquellas organizaciones que quieren construir su futuro sobre unos cimientos robustos. Apostar por soluciones innovadoras que impregnen de eficiencia a su organización es ya unos de los pasos imprescindibles para llegar a la meta, como lo es también dedicar el tiempo suficiente para comprometerse con las necesidades del consumidor, evitar la excesiva burocracia, la falta de habilidades o no escuchar a agentes externos que puedan ayudarle y asesorarle en el camino.

Definir bien los procesos, trabajar con datos, emplear herramientas que aumenten la productividad y tener cumplida información de las tendencias que hay en el mercado es clave para la diferenciación. Como también lo es no olvidarse de las personas y sus necesidades que son los que, en gran medida, le dan vida y sentido al valor que tiene la tecnología. ¿Preparado?